GUSTAVO POYET

Gustavo acaba de marcar

¡Gus, Gus, Gustavo! ¡Que maravilla sumarse al grito de la grada tras un gol de coraje de Poyet, entrando a rematar desde atrás con una potencia desbordante! El público festeja el gol mientras Gustavo corre enloquecido sin destino, agitando la camiseta con ambas manos, inundado por la alegría que acaba de provocar. El gol solitario sube al marcador, minuto setenta, minuto setenta y cinco; otra victoria en el camino de la salvación, otra victoria en el camino a la gloria.

Buscando el pase

Caminos muy distintos recorridos desde su comienzo, cuando transitaba por el angosto sendero del asentamiento en el equipo, de la eterna aclimatación de los jugadores que llegan allende los mares, en una posición que no le permitía descubrirse como jugador, encerrado en un área contraria muy estrecha para él. Un giro y el sendero se abre, unos metros atrás en el campo y en su horizonte se despejan las dudas. El equipo debe luchar por la permanencia, pero en su cabeza el campo cobra sentido. El tablero de ajedrez destapa la jugada escondida, el pase mágico. O la conducción elegante del balón empujando a sus compañeros hacia la puerta contraria. Un jaque al portero en forma de asistencia al compañero que de pronto se descubre en ventaja ante sus rivales. O un mate a modo de disparo combinando en su justa medida potencia y colocación.

¡La Recopa es vuestra!

Y por fin las piedras desaparecen, las cuestas se allanan y las curvas desembocan en el camino recto hacia un lugar en la historia , hacia un lugar entre los grandes. Es la final de Copa y Gustavo levanta los brazos como si acabara de conseguir otro tanto. Es la final de París, siempre París, París para siempre, y Gustavo no sabe donde contener tanta alegría, adornada con los símbolos del zaragocismo que los aficionados han traído desde Zaragoza como único equipaje y que le han lanzado para que los luzca ante toda Europa. Y Gustavo dirige la orquesta de la afición como antes ha dirigido la del equipo. Y el equipo y la afición son uno. Aficionados que empujan el balón que conduce al triunfo y jugadores que animan y corean el grito de la grada.

Y el camino se acaba, porque todos los caminos conducen a algún destino, y el destino de Gustavo es cosechar fuera los frutos sembrados. Tras un año amargo de resaca, que traerá más años con más amargura, con menos resaca. Como si ayer no hubiésemos bebido el licor del triunfo, como si todo hubiese sido un buen sueño del que despertar. Porque Gustavo ya no está. Está en la memoria, pero no en el campo. Está en otro campo, dando otros pases a otros jugadores, consiguiendo otros goles que subirán a otro marcador, junto al nombre de otro equipo. Pero ya estará siempre, en forma de otros jugadores, que recuerdan, a veces, entre todos, sus pases, sus disparos, sus remates. Y en la afición, que seguirá celebrando su alegría. Y en París. Se ha quedado en París.