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Soluciones para el Fútbol Peruano
Comentario: Como jugando

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Nota: Suguiero que lea este artículo al mismo tiempo que el artículo llamado "Soñando Fútbol".

Lima, sábado 14 de noviembre de 1998

Escribe Jorge Esteves Alfaro

Queridos profesores

Algunos entrenadores, en nuestro país, lustran sus monumentos. El mundo futbolero y la necesidad de individualizar el éxito y el fracaso los ha convertido en una figura importante. Y esto los trastorna. Su vanidad ha hecho que se creyeran esa importancia. Se dedican a decorar su imagen, a brillar su esfinge. No admiten que el mejor entrenador es aquel que pasa desapercibido. Estos técnicos invierten los términos, ya que inconscientemente comienzan a creerse más importantes que los jugadores.

A veces brillan tanto que se creen sol y su temperatura no admite extraños, y menos esos curiosos periodistas que se meten en todo y escriben demás.

Uno cree que todo su interés en buscarse enemigos artificiales, como los periodistas, está motivado por el terror que les provoca el reto estrictamente futbolístico. Desde su comodidad lanzan cátedras de periodismo y de ética. Escriban así, no pregunten así. Estiman la ética, pero en los demás, no en ellos mismos.

¿Alguien cree, por ejemplo, que Osvaldo Piazza no tuvo nada que ver en la asquerosa transferencia de Ferrari al Newbery de Argentina?

Los entrenadores deben cumplir su trabajo, hacer que los futbolistas que juegan bien, no jueguen mal; hacer que los futbolistas se diviertan dentro de las canchas y no fuera de ellas, impulsar a los dirigentes para desarrollar hoy un esquema que nos garantice -ya no un fútbol exitista- sino una posibilidad de reproducción de su existencia.

Edgar Ospina, a quien un irresponsable lo hizo debutar como entrenador de Primera División en el Perú, tiene alas en los pies. Vuela de su sitio como técnico de fútbol y está dando charlas de periodismo. Olímpica forma de no ser entrenador. De ser lo que es, un don nadie. Quiere suavidad y palabras refrigeradas e inmóviles. Quiere relacionistas públicos y no periodistas. Nos ataca y dice que hacemos polémicas de la nada. Este periodista no puede entender que los temas del fútbol se manejen con total suavidad. Si el fútbol es un juego de roces, enfrentamientos y palabras.

Osvaldo Piazza se queja porque le preguntan «boludeces». ¿El equipo saldrá a ganar? ¿Con qué perspectiva salen a enfrentar este partido? ¿Cómo están los ánimos de los muchachos? y más etcéteras de los reporteros radiales, desde hace más de cuatro décadas, espantan a cualquiera. Lo que no dice es que también le espantan las preguntas que le hace EL BOCON. Sobre el tema Ferrari, sobre el pase de Pereda a Boca, sobre la preferencia por su yerno Omar Jorge y la salida de Héctor Chumpitaz, sobre su engorilamiento contra algunos dirigentes... Allí dice: «No habló más, me tengo que ir», y se va corriendo, huyendo de sus causales.

Denuncia que los diarios deportivos peruanos son sensacionalistas y le hacen daño al fútbol. Y pone su cara feroz como si le estuvieran amputando sus bolsillos... Es el discurso del poder. De los que se sienten cuestionados porque ingresan a nuestro balompié con la calculadora en la mano y la caja fuerte en el alma. De los arrogantes que se creen el fútbol peruano. De los que no admiten que el fútbol peruano está en las chacras provincianas, en las losas de los pueblos jóvenes, en las pistas chalacas... en los baldíos que no conocen y no les importa.

Y Piazza exhumó a Oblitas cuando agregó que el fútbol peruano era de bajo nivel. El técnico de la selección dijo: «Sí, señor» y volvió a graduarse de mártir. ¿Qué puedo hacer yo para conseguir resultados con la selección si todo está mal?, fue su lógica. Lo que no dice es que, cuando EL BOCON denuncia que nuestro balompié está por el suelo, él dice que EL BOCON es negativo. Lo que no dice es que está en la Federación Peruana de Fútbol como entrenador desde hace muchos años y no es capaz de revertir esta situación.

Ese doble mensaje de Oblitas es parte de su personalidad. No piensa por cuenta propia y no asume su responsabilidad. Oblitas me recuerda a un personaje de una novela del Nobel norteamericano Saul Bellow, al que alguien le pregunta: «¿En qué se distinguen la ignorancia y el desinterés?» Y él contesta: «Ni lo sé, ni me importa».

 

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